jueves, 30 de abril de 2015

capítulo II


Nosotros, los tres muchachos, siempre estábamos juntos, y así había sido desde la cuna, habiéndonos tomado estimación desde el principio, Este afecto se profundizó conforme pasaron los años – Nikolas Bauman, hijo del juez principal en el juzgado de la localidad; Seppi Wohlmeyer, hijo del hostelero que atendía el “Venado de Oro”, que tenía un bonito jardín, con arboles que daban una espléndida sombra que llegaban hasta la orilla del río, y botes de renta para el paseo; y yo era el tercero-- Theodor Fischer, hijo del organista de la iglesia, que también era el líder de los músicos del pueblo, maestro de violín, compositor, recolector de impuestos de la comunidad, sacristán, y un ciudadano cabal y útil en muchas guisas, respetado por todos por añadidura. Conocíamos los cerros y los bosques tan bien como los conocían los pájaros; pues siempre andábamos explorando cuando teníamos tiempo libre-- Por lo menos, cuando no era que estábamos nadando o paseando en bote o pescando, o jugando en el hielo o deslizándonos cuesta abajo en la nieve.

Además teníamos para disponer a nuestras anchas el parque del castillo, y pocos se podían jactar de eso. La razón para ello estaba en que eramos los consentidos del mas anciano sirviente del Castillo, el señor Felix Brandt; y seguido íbamos ahí de noche para escucharlo hablar de los viejos tiempos y de extraños acontecimientos, y fumar con él (el nos enseño) y tomar café; pues el había estado en las guerras, estando presente en el Sitio de Viena; y fue ahí, cuando fueron derrotados los turcos y expulsados de tierras austriacas, que Se encontraron entre otros trofeos de guerra, sacos de café, y los prisioneros turcos explicaron sus características y la forma de prepararlo para hacer una deliciosa infusión con el producto, y ahora siempre tenía el café junto de él, y además para asombrar y sorprender a los ignorantes con su sabor. Cuando había tormentas, nos daba alojamiento toda la noche; y mientras relampagueaba y tronaba allá afuera nos hablaba de los fantasmas y horrores de todo tipo, y de batallas y asesinatos y mutilaciones, y cosas semejantes, y nos mantenía cómodos en su presencia; nos relataba todas estas cosas desde su propia experiencia en su mayor parte. Había visto muchos fantasmas en su tiempo, y brujas y hechiceros, y una vez, perdido en las montañas durante una tormenta, a la luz de los relámpagos había visto al Cazador salvaje erguirse en el estruendo con sus espectrales perros de caza persiguiéndole a través del fragor de la lluvia. Además vio una vez a un incubo , y varias veces había observado al gran vampiro que chupaba la sangre de los cuellos de sus víctimas mientras dormían, aleteando el aire suavemente para mantenerlos adormilados hasta que morían.

El nos conminaba a no tenerle miedo a las cosas supernaturales, tales como los fantasmas, y nos aseguraba que no hacían el menor daño, que solo vagaban pues estaban angustiados y solitarios y querían un poco de atención y compasión; Con el tiempo, aprendimos a no tener miedo e incluso bajamos una noche al cuarto embrujado dentro de las mazmorras del castillo. El fantasma solo apareció una vez, se nos cruzó etéreo a nuestra vista, flotando por el aire sin hacer el menor ruido para después desaparecer; y nosotros apenas si temblamos un poco, por lo bien asimiladas nuestras lecciones. nos decía que el fantasma a veces subía a donde él se encontraba en el castillo y lo despertaba rozando su cara con su fría mano, pero esto no le causaba ningún daño; Solo quería un poco de simpatía y atención. Pero la cosa mas extraña era que él había visto ángeles –ángeles de a de-veras, venidos del cielo– y había hablado con ellos. No tenían alas, y estaban vestidos, y hablaban y actuaban como una persona normal, y nunca sabrías distinguirlos excepto por las cosas maravillosas que hacían que un simple mortal jamás podría realizar. y nos platicaba que eran agradables y alegres, no oscuros y tristes, como los fantasmas.

Fue después de una platica como esta una noche de mayo que nos levantamos a la mañana siguiente y desayunamos con él que bajamos del castillo, cruzamos el puente y nos fuimos al campo a la izquierda a un lomerío cubierto de árboles que era uno de nuestros lugares favoritos, Y aquí nos tendíamos en el pasto a la sombra a descansar y fumar y hablar de estas extrañas cosas, que se nos habían quedado grabadas. Pero ese día no fumamos pues se nos había olvidado traer el pedernal y e hierro.
al poco tiempo, se nos acercó un joven que andaba paseando, y se sentó y comenzó a charlar tranquilamente como si nos conociera. Pero no le respondimos, Pues era un desconocido y no estábamos acostumbrados a gente desconocida y les rehuíamos. Traía puesta buena ropa, y era bien parecido, tenía una sonrisa placentera y voz bien templada, tenía modales fáciles, no se apenaba, nada tenía de desaliñado ni de encorvado como otros niños. Queríamos ser amigables pero no sabíamos como comenzar. Entonces pensé en la pipa, y me pregunté si lo tomaría a bien ofrecerle una fumada, Entonces recordé que no teníamos fuego, así que me eso me apenó un poco. Pero el volteó con una gran sonrisa, y dijo:

“¿Lumbre? Eso es fácil; Yo tengo.”



Me quedé tan atónito que no pude articular palabra; pues no había dicho nada. Tomó la pipa, sopló en la cazuela, y al instante el tabaco brilló rojo.. las espirales de humo azul se elevaron. Nosotros pegamos un brinco y nos echamos a correr, aunque el desconocido nos suplicaba quedarnos, dándonos su palabra de que no nos haría daño, que solo quería hacer amigos y tener compañía. Así que nos detuvimos, queríamos volver, llenos de curiosidad y asombro, pero con miedo a dar el primer paso. Él continuó persuasivo, en su suave y persistente voz, y cuando vimos que la pipa no explotó y que nada pasaba, regresó nuestra confianza poco a poco, y en su momento la curiosidad fue mas fuerte que el miedo y regresamos –lentamente, y dispuestos a correr a la menor alarma. él estaba empeñado en tranquilizarnos, y tenía los modos adecuados para ello; uno no se podía mantener timorato y titubeante donde el otro era tan entusiasta y sencillo y gentil, hablando tan seductoramente como él lo hacía. se ganó nuestra confianza, y no pasó mucho tiempo antes de que estuviéramos contentos, parlanchines, y felices de haber encontrado a este nuevo amigo. cuando la sensación de extraña novedad se había disuelto le preguntamos como era que había aprendido a hacer algo tan prodigioso y nos respondió que no lo había aprendido, que era algo que él naturalmente podía hacer como otras cosas.

“¿Otras cosas?”
“muchas; no se cuantas.”
“¿Y nos dejarás ver como las haces?”
“¡Si—Por favor!” dijeron los otros.
“¿Y no huirán de vuelta?”
“No—juramos que no, ¿por favor harás una suerte?”
“Si, con gusto; pero no olviden su promesa eh?”

Así lo volvimos a decir, y entonces el fue a un charco y regresó con un cono hecho de una hoja lleno de agua, sopló dentro del cono y aventó el contenido que se había convertido en hielo con la forma del cono. quedamos asombrados y encantados, pero ya no teníamos miedo; estábamos felices de estar ahí, y le pedimos que hiciera mas suertes. y él nos dio gusto. Nos dijo que nos daría cualquier tipo de fruta que nos gustara, estuviera o no en temporada. todos hablamos de inmediato;

“¡Naranja!”
“¡Manzana!”
¡Uvas!”

“Están en sus bolsillos,” nos respondió, y era cierto. Y eran de las mejores y nos las comimos y deseamos tener mas, aunque ninguno se atrevió a decirlo.
“Hay mas fruta donde encontraron estas,” aseguró, “Y todo lo que su apetito pida; y no necesitan pedirlo en voz alta; mientras estén conmigo solo tienen que desearlo y lo encontrarán.”
Lo que dijo era cierto. Nunca se había visto algo tan maravilloso e interesante. Pan, pasteles, dulces, nueces –Lo que uno quisiera, aparecía en nuestros bolsillos. El no comía nada, se sentaba con nosotros y platicaba, y nos mostraba trucos para divertirnos. moldeó una ardilla de juguete con arcilla, y esta corrió trepando a una rama encima de nosotros y se puso a ladrar. Luego moldeó un perro no mas grande que un ratón y se fue a perseguir a la ardilla y rodeaba el árbol y estaba tan vivo como cualquier otro perro. Asustó a la ardilla y la perseguía de árbol en árbol y la persiguió hasta que ambos se perdieron en el bosque. moldeó pájaros de barro y los dejó libres, y estos se alejaron volando y cantando.




Finalmente tomé valor y le pregunté quién era el.
“Un ángel,” respondió llanamente, y soltó otro pájaro, aplaudió y lo hizo volar.
Quedamos como asombrados cuando le escuchamos decir eso, y nos entró miedo una vez mas; Pero nos aclaró que no había necesidad de que le tuviéramos miedo a un ángel, y que de todas maneras le caíamos bien. Y siguió charlando en su estilo natural y sin aires de importancia como venía haciéndolo desde el principio; Y mientras hablaba confeccionó una pequeña muchedumbre de pequeños hombres y mujeres del tamaño de tu dedo, y estos se pusieron a trabajar y allanaron un espacio de aproximadamente dos yardas por lado en el pasto y comenzaron a construir un castillo de diseño ingenioso, las mujeres hacían la mezcla del mortero y lo cargaban a los andamios en cubetas que llevaban en la cabeza, de la misma manera que nuestras trabajadoras lo han hecho toda la vida, y los hombres tirando plomada y colocando ladrillos –quinientos era el número de estos trabajadores de juguete que se movían como hormigas, trabajando con gran empeño y limpiándose el sudor de sus caras de la forma mas natural. En el absorto interés de mirar a estas quinientas personas miniatura elevar su castillo, paso a paso y corredor tras corredor, tomar forma y simetría, esa sensación sobrecogida y de asombro pasó y volvimos sentirnos cómodos y a nuestras anchas. Preguntamos si nos era posible confeccionar algunas figuras y el nos respondió que sí. y le pidió ayuda a Seppi en modelar unos cañones para las murallas, Y le pidió a Nikolaus confeccionar unos alabarderos, con armadura pectoral y rodilleras y cascos, y a mi me tocó amasar a la caballería, sus caballos, y mientras iba distribuyendo las tareas que nos tocaba realizar nos llamaba por nuestros nombres, mas no dijo como era que se los sabía. Entonces Seppi le preguntó cual era su nombre, y el respondió tranquilamente, “Satán,” mientras extendía una pequeña tabla y atrapaba a una mujer que estaba a punto de caer del andamiaje y la regresó a su lugar original y dijo, “Esta es una idiota, miren como retrocedió sin darse cuenta del peligro.”
Nos tomó por sorpresa, ese nombre, y nuestros modelos se nos cayeron de la mano y se rompieron en el suelo –un cañón, un alabardero y un caballo. Satán se carcajeó y nos preguntó que que nos pasaba. Yo respondí, “Nada, solo que parece ser un nombre extraño para un ángel.” el me preguntó por qué.
“Pues porque es... Bueno, es su nombre, ¿sabes?”
“Seguro, --Él es mi tío.”



Lo dijo sereno, pero nos quitó el aliento por un momento y podíamos sentir nuestro pulso en la garganta. El no dio señas de percatarse de esto, en cambio, se puso a reparar a los alabarderos y las otras cosas con su toque, entregándolos en nuestras manos ya terminados, y habló, “¿No se acuerdan? --El también fue un ángel en su momento.”
“Es cierto,” dijo Seppi; “No había pensado en eso.”
Antes de la caída era salvo de culpa.”
“Si,” terció Nikolaus, “estaba libre de pecado”
“Es una buena familia, --la nuestra”, aseguró Satán; “no la hay mejor. El es el único que ha pecado.”
no creo poder hacer comprender a ninguno lo emocionante que todo esto resultaba. Saben, esa especie de estremecimiento que cimbra cuando se ve algo tan extraño y encantador y maravilloso que es simplemente una alegría cubierta de vértigo el estar vivo y mirarla; Y saber como la mirada se clava y los labios se secan y falta el aliento, Pero no estarían en ninguna otra parte, por nada en el mundo. Yo tenía una pregunta atravesada –La tenía en la punta de la lengua, casi no me podía contener el hacerla –Pero me daba vergüenza expresarla; Podía ser tomada a grosería. Satán puso un buey que estaba modelando en el suelo, sonrió y me dijo:

“No sería una grosería, y la perdonaría de serlo. ¿Que si lo he visto? Millones de veces. Desde que era un niño de mil años de edad yo era su segundo mas consentido en la guardería de los ángeles de nuestra sangre y linaje -Para usar términos humanos-- Si, desde entonces hasta la caída, ocho mil años, medidos, como ustedes cuentan el tiempo.”
“¡Ocho mil!”
“Si.” y se volteó a ver a Seppi y prosiguió como si estuviera dando respuesta a algo que estaba en la mente de Seppi: “Claro que es natural que tenga apariencia de niño,pues eso es lo que soy. Entre nosotros lo que ustedes llaman 'tiempo' es una cosa muy amplia; toma un largo trecho para que un ángel llegue a adulto.” Yo tenía otra pregunta en mente y se volteó conmigo y la respondió, “tengo dieciseis mil años de edad –contados en su tiempo.” y se volteó a ver a Nikolaus y respondió: “No, la caída no me afectó a mi ni al resto de los parientes. Solo es que fui nombrado por quién probó la fruta del árbol y entonces sedujo al hombre y a la mujer con ella. Nosotros aún somos ignorantes de pecado; somos incapaces de cometerlo; no tenemos mancha, y permaneceremos en ese estado para siempre. Nosotros --” Dos de los pequeños trabajadores estaban riñendo, y en sus pequeñas voces como de zumbido de abejorro se insultaban e imprecaban; y pasaron a los golpes y hubo sangre; acto seguido se trenzaron en una lucha a muerte. Satán extendió la mano, los aplastó entre los dedos extinguiendo su vida, los arrojó lejos, se limpió el rojo de los dedos en su pañuelo y retomó el hilo de la conversación: “No podemos hacer el mal; tampoco tenemos ninguna disposición a hacerlo, Pues no tenemos conocimiento del mal.”

Este parecía un extraño discurso dadas las circunstancias, Pero apenas si nos dimos cuenta de lo que decía, estando conmocionados y llenos de dolor por los crueles asesinatos que acabábamos de presenciar –Pues de asesinato se trataba, con todas sus letras, sin paliativo ni excusa posible, Pues los hombres no lo habían insultado o deseado daño de ninguna forma. Nos sentíamos de lo mas miserable pues le amábamos, y habíamos pensado que era noble y tan hermoso y grácil, y habíamos creído sinceramente que era un ángel; y verlo cometer acto tan cruel –Ay, lo rebajaba de tal manera, y nos habíamos enorgullecido tanto de él. El continuó hablando como si nada hubiese pasado, platicándo de sus viajes, y las cosas interesantes que había visto en los grandes planetas de nuestro sistema solar y de otros sistemas solares en la profundidad del espacio, y de las costumbres de los inmortales que los habitan, de algún modo seduciendo y encantándonos a pesar de la triste escena que se desarrollaba frente a nuestros ojos, pues las esposas de los pequeños hombres muertos habían encontrado sus cuerpos aplastados y deformes y lloraban ante ellos, lamentándose y sollozando, y un sacerdote estaba ahí arrodillado con sus manos cruzadas en el pecho, rezando; y la multitud y el gentío de los amigos dolientes que se arremolinaban a su alrededor, se quitaban el sombrero respetuosamente, y con su cabeza descubierta se inclinaban, y a muchos les corrían las lágrimas –Una escena a la que Satán no prestaba la menor atención hasta que el pequeño ruido de los llantos y los rezos le molestó, desprendió el tablón de nuestro columpio y blandiéndolo lo dejó caer aplastando a todas esas personas en la tierra como si hubiesen sido moscas, y siguió hablando sin inmutarse. Un ángel, y ¡Matar un sacerdote! Un angel que no sabía como hacer el mal, ¡Y aun así capaz de destruir a cientos de pobres hombres y mujeres inocentes! Nos enfermaba el haber visto ese atroz hecho, y pensando que ninguna de esas criaturas había estado preparada mas que el sacerdote, pues ninguno había ido a misa o visto una iglesia. Y eramos testigos; habíamos visto esa matanza y era nuestro deber denunciarlo, y dejar que la ley tomara su curso.



Pero el continuó hablando todo el tiempo, y comenzó a dejar caer su encanto especial sobre de nosotros con la fatal música de su voz. Nos hizo olvidar todo lo sucedido; Solo podíamos escucharlo, y quererlo, y ser sus esclavos, para hacer de nosotros lo que él quisiera. nos emborrachaba con la felicidad de su compañía, y de poder ver el cielo en sus ojos, y sentir el éxtasis que vibraba en nuestras venas por el simple toque de su mano.