jueves, 23 de abril de 2015

Eseldorf.

El desconocido misterioso.

Mark Twain

Capítulo I



Esta historia sucedía en el invierno de1590. Austria era un rincón apartado del mundo, dormía, Aun era la edad media en Austria, y parecía que ahí se quedaría para siempre. Algunos incluso aseveraban que estabamos mas atrasados por siglos, estacionados en la era de las supersticiones y los mitos. Pero lo decían como un elogio, no como una crítica, y así lo escuchábamos, y nos enorgullecíamos de ello. Lo recuerdo bien aun cuando apenas era yo un niño; y recuerdo también el placer que me daba.
Si, Austria se encontraba lejos del mundo, En un sueño, y nuestro villorio se encontraba a la mitad de ese ensueño, justo enmedio de Austria. Se mantenía amodorrado en santa paz en la profunda privacidad de la soledad de las montañas y los bosques donde las noticias del mundo casi nunca llegaban a inquietarr los sueños, y era infinitamente plácida. Frente al pueblo fluía el remanso del río, su superficie pintada con las nubes y los reflejos de las arcas y los botes; atrás del pueblo se levantaba el maciso del bosque montañoso hasta la base del elevado precipicio; desde la punta del precipicio se asomaba adusto el gran castillo, su larga cadena de torres y almenas revestidas de vides y trepadoras; mas allá del río, a una liga de distancia a la izquierda, se encontraba un lomerío enfundado por el verdor del bosque y marcado por las llagas de las sinuosas cañadas a donde el sol nunca llegaba; y a la derecha un precipicio enseñoreaba el río, y a la mitad de él y las montañas descritas se encontraba una larga planicie puntuada por caseríos escondidos entre huertos y árboles de enorme sombra.



La región entera en una extensión de muchas ligas alrededor era la propiedad hereditaria de un príncipe, cuya servidumbre mantenía el castillo en perfectas condiciones para su ocupación, pero ni él ni su familia visitaban los dominios mas frecuentemente que una vez cada cinco años. Cuando venían, el suceso era visto como si el Señor del mundo hubiese arribado, trayendo todas las glorias de los reinos del orbe consigo; y cuando partían dejaban una calma tras de ellos que era como el profundo sueño que le sigue a una orgía.
Eseldorf era un Paraíso para nosotros los muchachos. No se nos molestaba mucho con las obligaciones escolares. Lo principal era nuestro adoctrinamiento como buenos cristianos; el reverenciar a la virgen, la Iglesia, y los santos por encima de todo. Mas allá de estos asuntos no se requería de nosotros el saber mucho; y de hecho no se nos permitía tal cosa.
El conocimiento no era bueno para la gente del pueblo, y los podía hacer desdichados con la suerte que les había conferido Dios, y Dios no toleraba disenso en su plan y órden. Teníamos dos sacerdotes. Uno de ellos, el padre Adolfo, era un sacerdote esforzado y celoso de la fé, muy respetado.
Podía ser que hubiese mejores sacerdotes, de alguna manera, que El Padre Adolfo, pero nunca uno en nuestra comunidad que fuera mas solemnemente venerado. Esto se debía a que el Padre no le tenía el mas mínimo miedo al Diablo. El era el único cristiano que yo he conocido del cual se pudiese aseverar tal cosa. La gente le tenía temor por esta cualidad; pues pensaba que debía de haber algo supernatural en torno a su figura, de lo contrario como es que era tan atrevido y confiado. Todos los hombres hablan en amargo reproche del Diablo, pero lo hacen con respeto surgido del horror, y no desfachatadamente; pero las costumbres del Padre Adolfo eran distintas; Hablaba del Diablo con tono despectivo, le ponía apodos, lo insultaba con desprecio; de tal manera que hacía que la gente se estremeciera al escucharlo; Entonces la gente se santiguaba y se escabullían de su presencia, con el temor de que sucediera alguna desgracia.
El Padre Adolfo se había encontrado con el Diablo mismo y lo había desafiado. esto era del conocimiento general. El Padre Adolfo mismo alardeaba de ello públicamente, y de que hablaba con la verdad había por lo menos una instancia en que se le había comprobado con hechos, Pues en una ocasión se había liado en pelea con el enemigo, e intrepidamente había aventado su botella en contra de el; y ahí en la pared de su estudio se veía la marca donde la botella se había hecho añicos. Pero era el Padre Pedro, el otro sacerdote, al que amabamos, queríamos mejor y sentíamos pena por el. Algunos le acusaban de haber asegurado en una charla que Dios era todo bondad y que el Supremo encontraría la forma de Salvar las almas de todos sus pobres hijos. Esta era una cosa terrible de aseverar, Pero no había prueba absoluta de que el Padre Pedro lo hubiese proclamado; y no casaba con su personalidad pues era él invariablemente gentil y apegado a la verdad. No se le acusaba de decirlo desde el púlpito, donde toda la congregación pudiese haberlo escucharlo y testificarlo, solo afuera de la Iglesia; y resultaba sencillo para sus enemigos fabricar esa falsedad. El Padre Pedro tenía un enemigo, y nada despreciable era su poder, el astrólogo que vivía en una vieja torre en el valle, y que dedicaba sus noches a estudiar a los astros. Todo mundo sabía que el astrólogo podía augurar guerras y hambrunas, aunque eso no fuera una gran proeza pues siempre había guerra y hambruna en algún lado. Pero también podía leer la vida de un hombre en los astros en un gran libro que poseía, y encontrar cosas perdidas, y todos en el pueblo le tenían admiración, con la excepción del Padre Pedro. Incluso el Padre Adolfo, que había desafiado al Diablo, le mostraba un muy saludable respeto al astrólogo cuando este visitaba el pueblo con su sombrero picudo y su larga vestimenta festonada de estrellas, cargando su pesado mamotreto y un báculo del que se sabía que estaba cargado de poder mágico. Incluso el obispo a veces escuchaba al astrólogo, se rumoraba, pues, además de estudiar los astros y profetizar, el astrólogo daba muestras de fervor religioso y de piedad, lo que claro, impresionaba al Obispo.



Pero el Padre Pedro no le daba crédito al astrólogo. Lo acusaba abiertamente de charlatanería ---Un fraude sin conocimientos útiles de ningúna especie, o poderes mas allá de los de un ser humano ordinario o incluso de baja ralea, lo que naturalmente encendía el odio del astrólogo al Padre Pedro y le motivaba desearle la ruina. Era el astrólogo, así creíamos, el que había originado el rumor de los comentarios herejes del Padre Pedro y que se lo había confiado al obispo. Se decía que el Padre Pedro le había hecho el comentario a su sobrina, Marget, Aunque Marget lo negaba y había implorado al obispo el que le creyese a ella y librar a su tío de la miseria y la desgracia. Pero el obispo no la escuchó. Dictó una suspensión indefinida en contra del Padre Pedro, aunque no llegó al extremo de excomulgarlo por la evidencia de un solo testigo; y por ende el Padre Pedro había perdido el derecho al púlpito y nuestro otro sacerdote, el padre Adolfo, estaba a cargo de su grey.

Esos habían sido años duros para el viejo sacerdote y para Marget. Ellos habían gozado de favores pero por supuesto eso cambió al caer sobre de ellos la mirada severa del obispo. Muchos de sus amigos se alejaron, y los demás se enfriaron y distanciaron. Marget era una adorable joven de dieciocho años cuando llegó la adversidad, y ella era dueña de un sentido común inigualable, y el mejor en todo el pueblo, Daba clases de arpa y se ganaba sus emolumentos y vestía su ropa y portaba sus monedas gracias a su propio esfuerzo y trabajo. Pero sus compañeros se alejaron uno por uno; era olvidada y no se le invitaba a los bailes y las fiestas de los muchachos del pueblo; Los pretendientes dejaron de visitarla, todos menos Guillermo Meidling- y ese mcuchacho bien podía salir sobrando; Ella y su tío entristecían en el descuido y la desgracia, y el sol de la felicidad desapareció de sus vidas. Las cisas fueron empeorando, a través de estos dos años, las ropas se desgastaban, El pan era cada vez mas dificil de conseguir, y ahora, las cosas habían llegado a su resultado final. Solomon Isaacs habñia prestado todo el dinero contra la garantía de la casa, y dió aviso de que al día siguiente la embargaría.