El desconocido misterioso.
Mark Twain
Capítulo I
Esta
historia sucedía en el invierno de1590. Austria era un rincón
apartado del mundo, dormía, Aun era la edad media en Austria, y
parecía que ahí se quedaría para siempre. Algunos incluso
aseveraban que estabamos mas atrasados por siglos, estacionados en la
era de las supersticiones y los mitos. Pero lo decían como un
elogio, no como una crítica, y así lo escuchábamos, y nos
enorgullecíamos de ello. Lo recuerdo bien aun cuando apenas era yo
un niño; y recuerdo también el placer que me daba.
Si,
Austria se encontraba lejos del mundo, En un sueño, y nuestro
villorio se encontraba a la mitad de ese ensueño, justo enmedio de
Austria. Se mantenía amodorrado en santa paz en la profunda
privacidad de la soledad de las montañas y los bosques donde las
noticias del mundo casi nunca llegaban a inquietarr los sueños, y
era infinitamente plácida. Frente al pueblo fluía el remanso del
río, su superficie pintada con las nubes y los reflejos de las arcas
y los botes; atrás del pueblo se levantaba el maciso del bosque
montañoso hasta la base del elevado precipicio; desde la punta del
precipicio se asomaba adusto el gran castillo, su larga cadena de
torres y almenas revestidas de vides y trepadoras; mas allá del río,
a una liga de distancia a la izquierda, se encontraba un lomerío
enfundado por el verdor del bosque y marcado por las llagas de las
sinuosas cañadas a donde el sol nunca llegaba; y a la derecha un
precipicio enseñoreaba el río, y a la mitad de él y las montañas
descritas se encontraba una larga planicie puntuada por caseríos
escondidos entre huertos y árboles de enorme sombra.
La
región entera en una extensión de muchas ligas alrededor era la
propiedad hereditaria de un príncipe, cuya servidumbre mantenía el
castillo en perfectas condiciones para su ocupación, pero ni él ni
su familia visitaban los dominios mas frecuentemente que una vez cada
cinco años. Cuando venían, el suceso era visto como si el Señor
del mundo hubiese arribado, trayendo todas las glorias de los reinos
del orbe consigo; y cuando partían dejaban una calma tras de ellos
que era como el profundo sueño que le sigue a una orgía.
Eseldorf
era un Paraíso para nosotros los muchachos. No se nos molestaba
mucho con las obligaciones escolares. Lo principal era nuestro
adoctrinamiento como buenos cristianos; el reverenciar a la virgen,
la Iglesia, y los santos por encima de todo. Mas allá de estos
asuntos no se requería de nosotros el saber mucho; y de hecho no se
nos permitía tal cosa.
El
conocimiento no era bueno para la gente del pueblo, y los podía
hacer desdichados con la suerte que les había conferido Dios, y Dios
no toleraba disenso en su plan y órden. Teníamos dos sacerdotes.
Uno de ellos, el padre Adolfo, era un sacerdote esforzado y celoso de
la fé, muy respetado.
Podía
ser que hubiese mejores sacerdotes, de alguna manera, que El Padre
Adolfo, pero nunca uno en nuestra comunidad que fuera mas
solemnemente venerado. Esto se debía a que el Padre no le tenía el
mas mínimo miedo al Diablo. El era el único cristiano que yo he
conocido del cual se pudiese aseverar tal cosa. La gente le tenía
temor por esta cualidad; pues pensaba que debía de haber algo
supernatural en torno a su figura, de lo contrario como es que era
tan atrevido y confiado. Todos los hombres hablan en amargo reproche
del Diablo, pero lo hacen con respeto surgido del horror, y no
desfachatadamente; pero las costumbres del Padre Adolfo eran
distintas; Hablaba del Diablo con tono despectivo, le ponía apodos,
lo insultaba con desprecio; de tal manera que hacía que la gente se
estremeciera al escucharlo; Entonces la gente se santiguaba y se
escabullían de su presencia, con el temor de que sucediera alguna
desgracia.
El
Padre Adolfo se había encontrado con el Diablo mismo y lo había
desafiado. esto era del conocimiento general. El Padre Adolfo mismo
alardeaba de ello públicamente, y de que hablaba con la verdad había
por lo menos una instancia en que se le había comprobado con hechos,
Pues en una ocasión se había liado en pelea con el enemigo, e
intrepidamente había aventado su botella en contra de el; y ahí en
la pared de su estudio se veía la marca donde la botella se había
hecho añicos. Pero era el Padre Pedro, el otro sacerdote, al que
amabamos, queríamos mejor y sentíamos pena por el. Algunos le
acusaban de haber asegurado en una charla que Dios era todo bondad y
que el Supremo encontraría la forma de Salvar las almas de todos sus
pobres hijos. Esta era una cosa terrible de aseverar, Pero no había
prueba absoluta de que el Padre Pedro lo hubiese proclamado; y no
casaba con su personalidad pues era él invariablemente gentil y
apegado a la verdad. No se le acusaba de decirlo desde el púlpito,
donde toda la congregación pudiese haberlo escucharlo y
testificarlo, solo afuera de la Iglesia; y resultaba sencillo para
sus enemigos fabricar esa falsedad. El Padre Pedro tenía un enemigo,
y nada despreciable era su poder, el astrólogo que vivía en una
vieja torre en el valle, y que dedicaba sus noches a estudiar a los
astros. Todo mundo sabía que el astrólogo podía augurar guerras y
hambrunas, aunque eso no fuera una gran proeza pues siempre había
guerra y hambruna en algún lado. Pero también podía leer la vida
de un hombre en los astros en un gran libro que poseía, y encontrar
cosas perdidas, y todos en el pueblo le tenían admiración, con la
excepción del Padre Pedro. Incluso el Padre Adolfo, que había
desafiado al Diablo, le mostraba un muy saludable respeto al
astrólogo cuando este visitaba el pueblo con su sombrero picudo y su
larga vestimenta festonada de estrellas, cargando su pesado mamotreto
y un báculo del que se sabía que estaba cargado de poder mágico.
Incluso el obispo a veces escuchaba al astrólogo, se rumoraba, pues,
además de estudiar los astros y profetizar, el astrólogo daba
muestras de fervor religioso y de piedad, lo que claro, impresionaba
al Obispo.
Pero
el Padre Pedro no le daba crédito al astrólogo. Lo acusaba
abiertamente de charlatanería ---Un fraude sin conocimientos útiles
de ningúna especie, o poderes mas allá de los de un ser humano
ordinario o incluso de baja ralea, lo que naturalmente encendía el
odio del astrólogo al Padre Pedro y le motivaba desearle la ruina.
Era el astrólogo, así creíamos, el que había originado el rumor
de los comentarios herejes del Padre Pedro y que se lo había
confiado al obispo. Se decía que el Padre Pedro le había hecho el
comentario a su sobrina, Marget, Aunque Marget lo negaba y había
implorado al obispo el que le creyese a ella y librar a su tío de la
miseria y la desgracia. Pero el obispo no la escuchó. Dictó una
suspensión indefinida en contra del Padre Pedro, aunque no llegó al
extremo de excomulgarlo por la evidencia de un solo testigo; y por
ende el Padre Pedro había perdido el derecho al púlpito y nuestro
otro sacerdote, el padre Adolfo, estaba a cargo de su grey.
Esos
habían sido años duros para el viejo sacerdote y para Marget. Ellos
habían gozado de favores pero por supuesto eso cambió al caer sobre
de ellos la mirada severa del obispo. Muchos de sus amigos se
alejaron, y los demás se enfriaron y distanciaron. Marget era una
adorable joven de dieciocho años cuando llegó la adversidad, y ella
era dueña de un sentido común inigualable, y el mejor en todo el
pueblo, Daba clases de arpa y se ganaba sus emolumentos y vestía su
ropa y portaba sus monedas gracias a su propio esfuerzo y trabajo.
Pero sus compañeros se alejaron uno por uno; era olvidada y no se le
invitaba a los bailes y las fiestas de los muchachos del pueblo; Los
pretendientes dejaron de visitarla, todos menos Guillermo Meidling- y
ese mcuchacho bien podía salir sobrando; Ella y su tío
entristecían en el descuido y la desgracia, y el sol de la
felicidad desapareció de sus vidas. Las cisas fueron empeorando, a
través de estos dos años, las ropas se desgastaban, El pan era cada
vez mas dificil de conseguir, y ahora, las cosas habían llegado a
su resultado final. Solomon Isaacs habñia prestado todo el dinero
contra la garantía de la casa, y dió aviso de que al día siguiente
la embargaría.


